Este artículo fue escrito para Zócalo Public Square y traducido por Visión Hispana.
Desde el regreso de Donald Trump al poder, más de 60 personas han muerto a manos de ICE o bajo su custodia. Los casos más recientes fueron los de dos inmigrantes latinos que murieron en el lapso de una semana: Lorenzo Salgado Araujo, en Houston, y Joan Sebastián Durán Guerrero, en Maine. Muchos latinos han llegado a sentir que el color moreno de su piel los convierte en blanco de las autoridades, y no están equivocados.
Pero hay otra dimensión de esta historia que a menudo no consideramos: muchas de las personas encargadas de las operaciones contra los inmigrantes también tienen piel morena, nombres hispanos y vínculos con las comunidades que aterrorizan. Cuando se reveló que los agentes de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP) que mataron a Alex Pretti en enero eran dos hombres hispanos, muchas personas reaccionaron con sorpresa. La ironía parecía evidente, pero reflejaba una suposición equivocada: que los latinos se oponen naturalmente a las políticas migratorias restrictivas. La historia sugiere lo contrario.
Los latinos no solo han sido blanco frecuente del nativismo y la violencia xenófoba, sino que también han apoyado estas posturas y, con frecuencia, han sido sus encargados de hacerlas cumplir. Durante décadas, los latinos se han incorporado a la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos y, desde su creación en 2003, también a ICE, en cantidades significativas. Actualmente, los latinos constituyen la mayoría de los agentes de la Patrulla Fronteriza y representan aproximadamente entre el 20 y el 30 por ciento de los agentes de ICE. De manera más general, los votantes latinos han apoyado con frecuencia políticas y políticos que buscan restringir la inmigración, endurecer las fronteras de Estados Unidos y perseguir a familias y comunidades inmigrantes. La política reaccionaria en Estados Unidos no se impone simplemente a los latinos; una y otra vez ha encontrado apoyo dentro de las propias comunidades latinas.
¿Por qué? Los latinos han ocupado con frecuencia una posición incómoda en la sociedad estadounidense: sujetos a la discriminación y la exclusión, pero también susceptibles a discursos que prometen pertenencia, seguridad y estatus. Como cualquier otro grupo, pueden adoptar movimientos políticos que perjudican a otros y, en ocasiones, incluso a ellos mismos.
Esta situación de vulnerabilidad explica por qué tantos latinos se incorporan a las agencias de control migratorio. Durante años, académicos e historiadores han tratado de encontrar otras explicaciones, entre ellas los factores económicos y la estabilidad laboral, el deseo de servir a sus comunidades y la búsqueda de una mayor cercanía con la población blanca. Pero estas explicaciones solo abarcan una parte de la historia.
El fenómeno comenzó ya en la década de 1950, cuando destacados líderes y organizaciones latinas apoyaron campañas de deportación como la Operación Wetback, que buscaba expulsar del país a cientos de miles de migrantes indocumentados —y a sus familiares ciudadanos estadounidenses. Su apoyo se basaba, en parte, en temores no del todo infundados sobre la competencia laboral; los empleadores estadounidenses utilizaban habitualmente mano de obra migrante para debilitar a los sindicatos, reducir los salarios y romper huelgas.
Esta lógica persistió durante las décadas de 1960 y 1970. United Farm Workers consideraba con frecuencia que los trabajadores indocumentados eran una amenaza para la organización sindical. Los activistas sindicales acosaban habitualmente a los migrantes, los denunciaban ante las autoridades migratorias e incluso organizaban sus propias patrullas a lo largo de la frontera, algunas de las cuales terminaron en actos de violencia contra los inmigrantes.
Sin embargo, las actitudes siempre estuvieron cambiando. El Movimiento por los Derechos Civiles transformó la política racial estadounidense. El surgimiento del movimiento Black Power influyó en el activismo chicano, y muchos mexicoamericanos comenzaron a abandonar cada vez más la ilusión de que podían ser considerados blancos, al menos legalmente, y rechazaron las tendencias asimilacionistas. El apoyo a las políticas migratorias restrictivas no desapareció, pero perdió fuerza en muchos círculos políticos latinos.
No obstante, las corrientes nativistas nunca desaparecieron. Persistieron las preocupaciones por la competencia laboral, así como las inquietudes sobre la pertenencia, el estatus y lo que nuevas olas de inmigración podrían significar para el lugar que ocupan los latinos en la sociedad estadounidense. Los latinos mostraron ambivalencia frente a la Proposición 187, la iniciativa electoral de California de 1994 que buscaba negar a los inmigrantes y sus familias el acceso a servicios sociales. Aunque al final solo una cuarta parte de los latinos apoyó la propuesta, las encuestas indicaban que casi la mitad había considerado votar a favor de ella durante los meses y semanas previos a la votación.
Los grupos de “Latinos por Trump” contribuyeron significativamente al ascenso de Donald Trump y su movimiento MAGA en 2016. Y cuando se postuló para la reelección en 2024, no solo mantuvo un apoyo considerable entre los latinos, sino que lo amplió. Sus avances fueron especialmente notables entre los hombres latinos y en regiones fronterizas con una alta población latina. Varios condados a lo largo de la frontera entre Estados Unidos y México, incluidos algunos con poblaciones latinas grandes o incluso mayoritarias, se inclinaron hacia Trump.
Mientras tanto, la derecha estadounidense se fue uniendo cada vez menos en torno a nociones biológicas de raza y cada vez más en torno a la oposición al multiculturalismo, el feminismo, los derechos LGBTQ, la inmigración y el liberalismo. La raza seguía siendo importante, pero los límites de la pertenencia política se hicieron más flexibles y amplios.
La derecha incorporó cada vez más a figuras prominentes de diversos orígenes raciales, desde Thomas Sowell y Clarence Thomas hasta Linda Chávez y Marco Rubio. Más recientemente, incluso algunos sectores de la extrema derecha han adoptado como propios a líderes y activistas latinos que comparten sus compromisos políticos. Pensemos, por ejemplo, en Enrique Tarrio, participante en la insurrección del 6 de enero y posteriormente indultado por Trump, líder de los Proud Boys —un grupo que promueve el “chauvinismo occidental”— y de origen afrocubano; o en Nick Fuentes, el influencer que se describe a sí mismo como supremacista blanco y cuyo padre es mexicoamericano.
Esa evolución ayuda a explicar por qué algunos latinos se han sentido atraídos por estos movimientos. Ofrecen inclusión bajo determinadas condiciones. Permiten que sus participantes —incluidos los agentes de inmigración— se vean a sí mismos no como víctimas o personas marginadas, sino como defensores del orden, la tradición y de ideas sobre los valores estadounidenses que son, hay que admitirlo, vagas y cercanas a la violencia.
La lección aquí no es que los latinos sean particularmente reaccionarios. Todo lo contrario. Todas las comunidades contienen contradicciones. Todos los grupos producen tanto opositores como defensores del statu quo. Y las encuestas recientes sugieren que los latinos han comenzado a alejarse de Trump y de los republicanos.
La lección es que debemos dejar de considerar el apoyo latino a las políticas migratorias restrictivas como una paradoja. Por el contrario, forma parte de una larga historia, de una historia mucho más extensa. Comprender esa historia no requiere excluir a nadie. Pero sí requiere reconocerla.[MAL1]
Eladio Bobadilla es historiador en la Universidad de Pittsburgh y autor de “Dangerous Migration: Mexican Labor” and “The Fight for Immigrant Rights.”
